martes, 2 de octubre de 2018

La mujer de la arena: una lucha del individuo contra la colectividad

Kobo Abe (1924-1993). publica en 1962 la obra con la que obtendría reconocimiento universal. La mujer de la arena, un inquietante y claustrófobico relato en que un entomológo aficionado, Jumpei, llega a una aislada localidad de pescadores en busca de variedades desconocidas de escarabajos. Las gentes del pueblo, desconfiadas y hurañas, una vez se han asegurado que nadie le reclamará, le engañan para pasar la noche en la casa de una viuda, rodeada entre dunas de arena que amenazan con sepultarla, y a la que sólo se puede acceder a través de una escala. Poco tarda en darse cuenta el protagonista que se trataba de una artimaña para retenerle y formar parte de una comunidad cuyo único objetivo es frenar el avance de las dunas mediante el trabajo manual de sacarla en cubos. Con el tiempo, el protagonista va descubriendo al conversar con la joven viuda que no es el único prisionero y que nadie había conseguido escapar antes, aunque lo han intentado. 

Este es el punto de partida de una novela que adquiere tintes surrealistas e irreales de pesadilla. El intento de diálogo con sus captores para que le permitan salir, dista mucho de ser fructífero, pero es cordial y educado; sin súplicas innecesarias ni insultos. Sin aceptar la situación ni resignarse, Jumpei maquina como escapar y tener éxito donde otros fracasaron, aunque consciente del hecho que la intentona puede costarle cara. La disidencia no es una actitud bien vista.

La literatura japonesa puede resultar chocante al lector occidental medio. Quizá ello sea producto de la particular historia de aislamiento de Japón. Su posición insular no le impidió beneficiarse de las influencias de la cultura china y coreana en tiempos pasados, a la vez que mantenía su independencia y se desarrollaba una refinada cultura local con personalidad propia. Sin embargo, tras el periodo Sengoku de guerras civiles que culminó con la unificación de Japón gracias a Oda Nobunaga, Toyotomi Hideyoshi e Ieyasu tokugawa a finales del siglo XVI, se abre una nueva era de profundo aislamiento que durará hasta el final forzado del shogunato Tokugawa en la segunda mitad del siglo XIX.

Hideyoshi, no sin razón, desconfiaba del cristianismo que se extendía por Japón desde mediados del siglo XIX, concentrado principalmente en la isla de Kyushu, de la mano de misioneros jesuitas (San Francisco Javier arriba a costas japonesas en 1549); labor misionera aderezada de intercambios comerciales, entre los que las modernas armas occidentales, como los arcabuces, no eran las menos importantes. Esta influencia política pesó más que las consideraciones religiosas, dado que los japoneses se han caracterizado siempre por una inmensa capacidad de sincretismo religioso.

La sociedad y cultura resultante de este periodo sin influencias exteriores, pero de más de 200 años de paz ininterrumpida, lejos de degenerar, dio lugar a una actividad cultural fascinante. La manera de relatar, considero que tiene mucho que ver con este contexto histórico. Con la Restauración Meiji en 1868, surgirán nuevos movimientos literarios inspirados en las nuevas corrientes occidentales, especialmente del naturalismo, pero también de otros géneros, como el detectivesco. Ello no fue óbice para la conservación de una literatura netamente japonesa; el sincretismo japonés se extiende mucho más allá del aspecto religioso.

En la novela aparecen referencias veladas a factores esenciales de la mentalidad japonesa, como es la primacía de lo colectivo sobre lo individual. El objetivo de detener el avance de las dunas mediante un trabajo arduo y sin cuartel, es proteger a los pueblos vecinos del destino casi inevitable que ya atenaza aquel al que llega Jumpei. Como no se trata de una vida fácil ni con muchas oportunidades, las personas que quedan en el pueblo son las que no han podido mudarse a otras localidades y los incautos quede vez en cuando aparecen por el pueblo. En todo caso, el individuo no cuenta, sólo el grupo. La oposición a la voluntad colectiva conduce, en el mejor de los casos, al ostracismo.

Como complemento de lo anterior, podemos apreciar también la dicotomía entre el medio rural y el urbano y el éxodo constante del campo a la ciudad. No es algo en lo que se diferencia del resto de economías industrializadas del mundo, pero vale la pena reseñar que compartió los mismos problemas de despoblación del mundo rural y de expansión acelerada de las areas urbanas, acrecentados por la particular orografía montañosa del país, que reducía las areas de cultivo y habitables a menos de un tercio del territorio. Sólo una adecuada planificación y un espíritu férreo y disciplinado como el japonés podría haberlo logrado con éxito sin destruir sus escasos recursos naturales, si bien eso no elimina la natural alienación de la población rural recién llegada a la ciudad, con sus frios bloques de apartamentos de hormigón y cemento y el asfalto que cubre las calles, como venas de un gigantesco organismo.

El sexo hace su aparición sin tapujos entre los dos personajes atrapados en un mundo delirante y condenados a luchar perpetuamente contra la arena; una sensualidad tórrida y brutal en un ambiente viciado y asfixiante. Cuerpos sudorosos perpetuamente cubiertos de arena y una fijación por zonas que en occidente ni se mencionarían, salvo como fetichismos. Ciertamente hablamos de sexo en una situación que dista mucho de ser normal, con un considerable estrés y desesperanza, pero no deja de ser un tratamiento relativamente común en la literatura japonesa. Kawabata o Mishima son también expertos en retratar esta voluptuosidad cargada de lascivia.

Existe una versión cinematográfica de 1964, en la que el propio Abe trabajó de guionista, a cargo del cineasta Hiroshi Teshigahara; galardonada en Cannes y nominada a mejor película extranjera el mismo año.

La novela tiene poco de previsible, a la vista de un final sorprendente que no les desvelaré. Disfruten de la lectura.

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