Tras la II Guerra
Mundial, se aprecia la necesidad de poner algún tipo de barrera
entre los Derechos Humanos y el poder del Estado. Es más, se
pretende que dichos derechos sean defendidos por el Estado, que
deberá abstenerse de decidir qué ideas u opiniones son razonables o
admisibles.
Pero las diferencias en relación a la libertad de expresión comenzaron a surgir irremediablemente durante las comisiones preparatorias de redacción de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Los países comunistas fueron los más interesados en la construcción e inclusión del concepto de hate speech (Kiska 2012: 117), mientras que los países occidentales buscaban una libertad de expresión en sentido amplio. A nadie se le escapa que este interés en proscribir determinados tipos de discurso amparándose en el hate speech, sólo buscaba impedir discursos disidentes pro-democráticos en los países comunistas. No está de más recordar, por ejemplo, que el Pacto de Varsovia, supuestamente defensivo contra un enemigo exterior, sólo actúo en dos ocasiones al interior de Estados miembros que exigían libertad y democracia.
Pero las diferencias en relación a la libertad de expresión comenzaron a surgir irremediablemente durante las comisiones preparatorias de redacción de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Los países comunistas fueron los más interesados en la construcción e inclusión del concepto de hate speech (Kiska 2012: 117), mientras que los países occidentales buscaban una libertad de expresión en sentido amplio. A nadie se le escapa que este interés en proscribir determinados tipos de discurso amparándose en el hate speech, sólo buscaba impedir discursos disidentes pro-democráticos en los países comunistas. No está de más recordar, por ejemplo, que el Pacto de Varsovia, supuestamente defensivo contra un enemigo exterior, sólo actúo en dos ocasiones al interior de Estados miembros que exigían libertad y democracia.



